Pesía de Ramón Irigoyen
Para esta hora Decir adiós, cuando uno aún no es viejo, es como oler un perfume de hierbas por la mañana, antes de ir al trabajo. El baño se convierte en una sierra anticipadamente fatigada. El frasco de perfume es el emblema de la montaña con tufillo a tinta y en el espejo aletea un nardo con las alas pisadas por la lluvia. En el lavabo se ahogan unos tordos que no pueden soltarse la corbata. Decir adiós, cuando uno aún tiene ganas de seguir por ahí a ver qué ocurre, es respirar un humo que enamora, por más que el humo, cuando es augurio feliz, siempre lo es a corto plazo. Aspirar hasta dentro el humo ese es zambullirse en un río de soles y sacarse un pañuelo del bolsillo y alzar la mano a un árbol ya maduro y limpiarle a la fruta los venenos ante el asombro de las mariposas que estaban ya poniéndose mohínas al presentir en ese gesto la tristeza de toda despedida. ...